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No sé cuántas horas estuve ensimismado en mis pensamientos, Sofía y su silencio daban pie a ello. Como si supiera cuando había llegado el momento, alcé la mirada al frente y de repente sobre la línea del horizonte empezó a emerger una estructura anaranjada. A cada paso que dábamos un milímetro más se dejaba ver aquella mole de hierro. Estábamos llegando, eran las cuatro de la tarde cuando nuestros cuerpos despertaron de aquel estado meditativo en el que se había convertido nuestra caminata, habíamos llegado a nuestro destino. Reconocí enseguida ese monolito metálico de color naranja. La base Vostok es el único lugar en la Antártida donde pueden aterrizar y despegar los aviones que unen este continente con Sudamérica y África.

Me paré en seco para disfrutar de la panorámica del momento, el trineo del que iba tirando a consecuencia de mi parada se deslizó suavemente hasta frenar contra mis pantorrillas. Fue tan sutil el toque que involuntariamente me transportó a ese sofá que tantas sonrisas compartí con Ella y más precisamente a cuando acercaba mis pestañas a su mejilla, abriéndolas y cerrándolas como el aleteo de una mariposa para hacerla cosquillas. Besos de mariposa los llamábamos.

—¿Qué linda vista verdad? dejé la pregunta al aire sin esperar respuesta.

Nos miramos, sonreímos y solo pude decir…gracias. Sofía sonrió de nuevo. Su sonrisa fue tan expresiva que pude leer perfectamente todo lo que me transmitía. Y ahí nos quedamos cierto tiempo asimilando cada uno a su forma su viaje interior. Cuánto peso de importancia conlleva momentos como este. Es indescriptible lo que nuestros ojos pueden observar con una mochila llena de experiencias y sensaciones a nuestras espaldas.

Me faltan o me sobran las palabras para poder expresar este mundo de sensaciones. Vuela, vuela alto. Sueña, sueña lento. Respira, respira profundo. Siente, siente desde lo más profundo de tus entrañas, allí donde solamente se te permite entrar a ti.

Retomamos el paso, no queríamos tardar mucho en llegar, teníamos que buscar la forma de pasar la noche lo más cálidamente posible. Teníamos, exactamente, ahora mismo, veinte grados bajo cero, cada bolsa de semillas tiene un termómetro adhesivo como los que se pegan en los acuarios que son nuestros anunciadores de una posible muerte por congelación, y por la noche se iba a poner peor. A lo lejos, unas nubes negras avanzaban en nuestra dirección a un ritmo vertiginoso, como máximo teníamos una hora antes que la tormenta llegara hasta nosotros.

Aligeramos el paso sobre esta capa de hielo dura y aterida esculpida por los vientos catabáticos.

No tardamos en llegar. Para no perder tiempo en encontrar soluciones nos dividimos para explorar la inmensa base. Estaba completamente abandonada. Aquí se encontraba melancólica, gélida y sola. Buscábamos la solución a nuestro frío. Fue Sofía quien encontró nuestra salvación, una estufa de queroseno. Montamos el campamento en la cocina. Teníamos suficiente queroseno como para una semana. Nuestro nerviosismo muto a otras sensaciones más placenteras. Nos relajamos. Lo primero que hicimos fue encender la estufa para que la habitación supiera que estábamos aquí. Traje un par de colchones, una treintena de mantas y un par de almohadas que encontré por la base. Sofía aprovechó para buscar comida por todos los armarios de la cocina. Encontró muchas latas de conserva, no teníamos ni idea lo que contenía cada una, ya que todas estaban en escritas en ruso, intuíamos lo que podía ser por el dibujo de la etiqueta aunque la mayoría tenían una etiqueta militar con solo letras. Que ganas de comer comida en lata. Comida diferente. Llevábamos días comiendo la comida de Sofía, vegetales secos, semillas y frutos secos. Esta mujer llevaba toda su vida alimentándose de la misma forma y puedo asegurar que su estado de salud era formidable. Yo aún no estoy tan evolucionado y un poquito de carne y de variedad relaja mis ansias.

La tormenta ha llegado, los vientos son tan fuertes que tenemos la sensación de que vamos a salir volando.

—Esta tormenta parece que va a durar más de una semana, —comento a Sofía mientras caliento mis manos en la estufa.

—En todo el tiempo que llevo en la Antártida jamás había visto una tormenta tan fuerte, —dice mientras mira por una pequeña claraboya que da al exterior. El universo quiere decirnos algo, que estoy intentando interpretar —continúa diciendo.

Su mirada de circunstancia me hace estar tranquilo, la siento trabajando en la comprensión de la realidad.

—En cuanto pase el temporal, iré a comprobar el avión que nos sacará de este congelador gigante. —digo, intentando organizar mis siguientes pasos para mantener mi mente ordenada.

Sofía se sienta a mi lado y copiando mi gesto, estira los brazos hacía la estufa para sentir el calor del queroseno. —Voy a contarte una historia que me contó una vez mi abuela, —me dice mientras se pone cómoda entre la montaña de mantas.

Hace muchos años, siglos tal vez. Había una aldea al pie de la montaña Ulluru, en Australia. En esta aldea vivía un pueblo nómada. El sabio del clan había sentido la llamada de asentarse en ese lugar, era el momento de parar y echar raíces. El lugar elegido fue la sombra de una higuera Catedral, este árbol era conocido por sus cientos de raíces aéreas que lo formaban, miles de hilos radiculares unían la tierra con la copa del árbol. La higuera era tan grande que se necesitaban más de cien personas cogidas de la mano para rodearlo. Lo más curioso era que en una de esas raíces manaba un agua tan pura y fresca que parecía haber sido creado por los mismos dioses. El día que llegaron, el gran sabio de nombre Dainan, (que significa: “de buen corazón”), proclamo a su pueblo compuesto por ciento once personas.

—Interrumpo la historia para decir que menuda casualidad, parece que el número once siempre me encuentra, —perdón, continúa.

El gran Dainan, clavó su bastón sagrado en esta tierra fértil y exclamo: «De estas tierras nacerán nuestros futuros, tenemos la responsabilidad de dar lo máximo de nosotros y nosotras para agradecer lo que nos han dado los Dioses y crear en este lugar la magia del amor del universo». Cuando finalizó la última palabra, cayó del árbol chocando contra el bastón una semilla del mismo árbol. Todo el pueblo sorprendido entendió esto como una respuesta de los Dioses. Y así comenzó el primer asentamiento aborigen.

Los días pasaban en aquella aldea. Eran felices, siempre conectados con el entorno. Vivían en una auténtica sincronicidad.

Cuando la primera generación era lo suficiente madura como para comprender el poder del universo, el gran sabio Danian dio por finalizado su labor en este planeta para viajar al mundo de los Dioses. Ser uno con el universo. (Las creencias aborígenes están muy conectadas con la naturaleza, cuando un abuelo ve una piedra, por ejemplo, puede decir con certeza que ahí yacen sus antepasados, ellos piensan que cuando un alma se libera pasa a formar parte del todo. Ellos creen que todo está conectado). La última noche antes de que el gran Danian partiera en solitario para realizar su último viaje ocurrió un fenómeno sobrenatural. Esa noche sin Luna, el cielo estaba completamente encapotado de estrellas, nunca jamás, jamás nunca habían visto tantas estrellas en el firmamento. Una de esas estrellas empezó a arder y a caer desde el cielo. El haz de luz que provocaba iluminaba la montaña Ulluru como si fuera de día, con un gran estruendo impactó en lo alto de la cima plana, y en ese mismo instante el agua que emanaba del árbol sagrado dejó de brotar. El pueblo estaba consternado. No sabían muy bien cómo reaccionar. Buscaron al gran Sabio pero también había desaparecido al igual que el agua. La situación era tensa, pero su sabiduría era milenaria. Todo el pueblo tenía una confianza ciega en el Universo. Todo ocurría por una razón. Sólo debían mantener los ojos y el corazón bien abiertos para escuchar al Universo. Lo primero que hicieron fue organizar un grupo de valientes para subir a la cima del Ulluru para ver el regalo que había caído del cielo. Al cabo de cuatro días el grupo regresó con una piedra preciosa de un color azul intenso, tan intenso, tan intenso que no existe un azul igual. Todo el pueblo estaba maravillado con la belleza de aquella gema. Desprendía una luz tan pura que cuando la miraban tenían la sensación de un constante renacimiento. Hicieron un ritual de agradecimiento al universo por el regalo. Ofrenda tan valiosa que no podía pertenecer solo a ellos. Por esa razón colocaron la piedra del cielo a unos quinientos metros de la aldea, en mitad de la llanura sobre una piedra en forma de altar, para que todo ser vivo pudiera beneficiarse de su energía. Pasaron los días, y en ningún momento perdieron la fe en el universo ni en ellos, aunque la búsqueda de agua cada vez era más complicada, aquel pueblo no perdía su fe. Llegó la siguiente noche sin Luna y el cielo estaba completamente negro, ni una sola estrella, solo la luz de aquella piedra preciosa iluminaba el firmamento. Jamás nunca, nunca jamás habían visto un día tan obscuro. Agradecidos y abrumados por tanta magia se fueron a dormir. Y en algún momento de la noche se puso a llover. Y no paró hasta la siguiente noche sin Luna. Cuando cesó la lluvia, allí donde reposaba la gema mágica, que había desaparecido, en su lugar se había formado un lago gigantesco con el agua más pura que jamás ha existido en la faz de la tierra. Desde aquel día nunca jamás, jamás nunca padecieron de sed.

La moraleja de esta historia es que aunque tu gran maestro desaparezca, aunque tu bien más preciado se evapore, debemos confiar en el universo y en el poder que reside en cada uno de nosotros.

Confía en el universo y ten paciencia que todo, todo, todo al final se coloca dónde debe colocarse.

Como un disparo al corazón esta historia se quedó alojada en mi alma. Al principio mi desconocimiento desconfió del hecho de tener fe en el universo, pero poco a poco fui comprendiendo la profundidad de este relato.

—Gracias, mañana será otro día, ahora debemos descansar, que ha sido un día largo y duro. —Decía a Sofía mientras me iba acomodando entre tanta manta.

—Buenas noches y recuerda: “Vuela, vuela alto. Sueña, sueña lento. Respira, respira profundo. Siente, siente desde lo más profundo de tus entrañas, allí donde solamente se te permite entrar a ti” —me dijo con una dulce sonrisa.

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